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Blog · Liderazgo

Lo esencial es invisible a los ojos: una forma distinta de comprender el liderazgo y el éxito profesional.

Verónica Arteaga

· 8 min de lectura

Portada del artículo de Verónica Arteaga

Hace algunas semanas, una querida amiga y profesional que admiro me impuso un reto que ha resultado más complicado de lo que pensé en su momento, escribir una reseña sobre mi vida profesional, y las cosas importantes que han marcado mi trayectoria como abogada, madre y docente. Creo que todas y todos tenemos estos elementos claros en nuestra mente y nuestro corazón, lo complicado es darle un orden y un sentido para transmitir estas ideas para que alguien más lo pueda leer. Luego de varios intentos escribiendo y reescribiendo estas líneas, este es el resultado.

Mi historia profesional comenzó hace más de 20 años. Desde el 2004, tengo el privilegio de trabajar en Fiducia S.A. Administradora de Fondos y Fideicomisos Mercantiles, en donde ocupo el cargo de Directora Jurídica. Los negocios fiduciarios y el mercado de valores han sido durante estas décadas el campo de trabajo en el que me especialicé, a pesar de que, como estudiante de jurisprudencia nunca me visualicé en el ámbito del derecho empresarial. Trabajar en la empresa líder del mercado fue mi mejor escuela y cambió mi visión del mundo de los negocios. Aquí he aprendido, he crecido, he liderado y, sobre todo, he tenido la oportunidad de acompañar a otros y a otras en su propio crecimiento.

Desde el mismo año, además, encontré en las aulas de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), otra de mis pasiones. La docencia es una dimensión importante de mi vida profesional y, quizás, una de las que más me ha enriquecido. Estar frente a estudiantes, compartir conocimientos, discutir casos, escuchar sus preguntas y acompañarlos en el descubrimiento del derecho me ha permitido mantener siempre viva la curiosidad y las ganas de aprender.

En 2024 fundé mi propia empresa, Prolegis Consultores, un estudio jurídico desde el cual brindo, junto a profesionales de alto nivel, servicios legales principalmente relacionados con temas fiduciarios, de mercado de valores y derecho civil.

Me apasiona hablar de fideicomisos, encargos fiduciarios, fondo de inversión, contratos y estructuras mercantiles en las que he participado, de los desafíos jurídicos que implican ser pioneros en lo que hacemos, de las negociaciones, de las decisiones complejas o de las innumerables horas dedicadas a estudiar, analizar y encontrar soluciones. Sin embargo, cuando pienso en mi trayectoria, hay algo que considero mucho más importante que cualquier cifra: Las personas.

A lo largo de estos años he tenido la suerte de trabajar con muchos abogados y abogadas. Algunos llegaron siendo muy jóvenes, con preguntas, dudas y ganas de aprender. Al igual que a mis estudiantes, los vi crecer, equivocarse, adquirir criterio, asumir responsabilidades y convertirse en grandes profesionales. Hoy muchos de ellos, son destacados abogados fiduciarios y corporativos en importantes instituciones y eso me produce un orgullo difícil de explicar, porque cuando una lidera un equipo o ejerce la docencia, deja algo de sí misma en las personas que acompaña pero también recibe muchísimo de ellas. Cada estudiante que pasó por mi aula o cada profesional que formó parte de mi equipo, me enseñó algo, y con muchos de ellos conservo hasta hoy una cercanía que trasciende lo laboral.

Me gusta pensar que los que se fueron y los que siguen a mi lado, tienen algo de mi impronta que los diferencia y los identifica.

Durante todos mis años de experiencia profesional, he aprendido que liderar un equipo implica una enorme responsabilidad. Evaluar cuidadosamente los riesgos asociados a cada decisión y comprender el impacto que esto puede tener es una tarea que debemos asumir con absoluta seriedad. Como siempre digo, transformar las necesidades de nuestros clientes en contratos claros, sólidos y adecuados es parte del arte de ser abogados. Liderar, para mí, nunca ha sido solamente dirigir. Ha sido enseñar, escuchar, confiar, exigir, acompañar y, siempre, aprender.

Tuve muchos y muy buenos maestros de los que aprendí el derecho y de los que aprendí a liderar equipos. Pero hay algo que la vida me enseñó de una manera mucho más profunda que cualquier experiencia laboral. Mi creación más importante no está en un contrato, ni en un fideicomiso, ni en una estructura jurídica. Mi mayor creación tiene risa y tiene nombre. Se llama Juliana Alegría.

Hace 16 años llegó a mi vida y, desde entonces, removió todo, alegró todo, iluminó todo. Juliana es, sin duda, el más grande de todos los regalos que la vida me ha dado y también mi mayor reto.

La maternidad, implica sin duda la tarea de enseñar, de formar. Sin embargo, me sorprendo al ver todo lo que mi hija me enseña y todo lo que aprendo día a día de ella. Durante mucho tiempo creí que yo era quien debía moldearla, hasta que entendí que era exactamente al revés: yo soy su arcilla, ella es mi alfarera.

Con su singularidad, con su silla de ruedas, con sus canciones inventadas, con su memoria espectacular y con esa manera tan genuina de ser, Juliana ha ido dándome forma. Ha cambiado mi manera de mirar el mundo y le ha dado a mi familia, a mi trabajo y a quienes nos rodean una perspectiva nueva sobre lo verdaderamente importante.

Ella me enseñó que hay otras maneras de medir el éxito; que la fortaleza no siempre tiene la apariencia que imaginamos; que la vulnerabilidad también puede ser una forma de poder. Ella me enseñó a reconocer el amor verdadero. Me enseñó a ser diferente.

Hoy entiendo que mi historia profesional no se ha construido solamente entre leyes, contratos y decisiones; también se ha construido a través de las personas, los afectos y las experiencias que han transformado mi manera de mirar la vida.

A veces hablamos de liderazgo femenino desde las estadísticas, las posiciones directivas, las oportunidades o las brechas que todavía existen. Todo eso importa y debemos seguir trabajando para construir espacios más amplios, más visibles, más justos, pero también creo que hay otra conversación que necesitamos tener: la conversación sobre todo aquello que nos transforma mientras transitamos nuestro camino profesional, porque ninguna de nosotras llega a una posición de liderazgo solamente por sus títulos o por los años de experiencia. Llegamos con nuestras historias, nuestras pérdidas, nuestros aprendizajes, nuestras familias, nuestras dudas, nuestros miedos y nuestras pequeñas —y enormes— batallas cotidianas.

Yo creo firmemente que todo lo que pasa estaba destinado a ocurrir.

Creo que Juliana estaba destinada a nacer, a habitar este mundo, exactamente como lo hace y tuve la inmensa gracia de que naciera de mí y creciera en nuestra casa, rodeada de amor y de esas sorpresas cotidianas que nos permiten vivir la vida intensamente.

Mi trayectoria no se trata únicamente de los años que llevo ejerciendo el derecho. Se trata de las personas que encontré, de las que me enseñaron, de las que me acompañaron, de las que crecieron conmigo. Se trata de las que confiaron y confían en mí. De las que hoy son grandes profesionales y llevan consigo una parte de aquello que construimos juntos. Y se trata también de mi gran maestra Juliana, que me recordó que la vida profesional es solamente una parte de nuestra historia y que, muchas veces, aquello que más nos transforma ocurre lejos de cualquier sala de reuniones.

Si algo quisiera transmitir a las mujeres que están construyendo su propio camino es esto: No tengan miedo a ser diferentes.

Nuestro camino puede tener curvas. Puede tener pausas. Puede sorprendernos. Puede llevarnos a lugares que jamás imaginamos. Lo importante es permitirnos crecer con cada experiencia y, cuando llegue el momento, ayudar a otras y a otros a crecer también.

Hay que dejarnos transformar por aquello que la vida pone frente a nosotros y transcurrir cada espacio con fe. Esa fe de la que habla el poema de Amado Nervo, Fides, publicado en 1915, en el que nos inyecta de la certeza de que “el imposible [está] no más para vencerle, como está la barrera en los hipódromos a fin de que la salten los corceles”.

En mi vida profesional he tenido retos, decisiones difíciles, momentos de incertidumbre y responsabilidades que exigieron de mí fortaleza, preparación y perseverancia. Pero ha sido mi vida personal, y especialmente Juliana, la que me ha enseñado que existen desafíos para los que ningún título, ninguna experiencia y ningún libro de derecho nos prepara.

Ella me enseñó a mirar de otra manera. A comprender que no todo lo valioso debe contabilizarse. Que no todo lo importante aparece en un currículum. Que hay logros que no se escriben en una hoja de vida. Que el desafío no es encajar, sino atrevernos a ser fieles a quienes somos y tener el valor de construir nuestro propio camino. Y a entender que existen formas de liderazgo que nacen, simplemente, de aprender a mirar al otro con amor.

Y es que, más allá de las cifras, para mí, el éxito está en mirar hacia atrás y descubrir nuestra propia luz repartida en todos y todas los que han sido parte del camino; en los estudiantes con quienes compartí; en el abogado que llegó al equipo sin experiencia y años después se convirtió en un gran profesional; en los vínculos que permanecen mucho después de que termina una relación laboral; en la confianza que sembramos. Y, en mi caso, está también en una adolescente de 16 años que, con su increíble capacidad de encontrar alegría en lugares que otros quizá no mirarían, me ha enseñado a ver lo que no se ve.

Por eso, cuando pienso en mi camino, vuelvo inevitablemente a una frase de El Principito que hoy tiene para mí un significado mucho más profundo: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Quizá eso sea también lo esencial del liderazgo y no solamente los cargos que alcanzamos, los proyectos que construimos o los resultados que conseguimos.

Verónica Arteaga.-